EL LLANTO DE LOS CEREZOS ©
CAPÍTULO I
Se decía, hace ya varios milenios,
que si el beso de unos amantes era bendecido por los cerezos, su lazo de amor
sería inquebrantable. Narraba la antiquísima leyenda japonesa que si el cerezo
lloraba y todas sus exquisitas flores de pálido rosa caían de repente mientras
una pareja de enamorados expresaba su amor con un beso, el espíritu de los
cerezos cubriría de gracia su unión. Generaciones precedentes añoraban la
primavera y los amantes realizaban la tradicional ceremonia del llanto de los
cerezos. Aquel ritual consistía en una ceremonia del té, acompañada por un
árbol bonsai de cerezo. Los novios, cuyas nupcias pronto se celebrarían y con
el beneplácito de los padres, se besaban ante el cerezo luego de tomar el té.
Leyendas locales hablaban de tan solo dos parejas cuya relación había sido
ensalzada por la gracia del cerezo, pero el tiempo y su devenir encaminó
aquella leyenda en el olvido. Los venerables, vistosos, apacibles, susurrantes,
fragantes, deleitosos, majestuosos, siempre amados cerezos, se convirtieron en
el símbolo de la primavera japonesa; momento embebido de felicidad que sellaría
la consumación del invierno.
El rocío de jade bañado de una
avalancha de modernidad es el recibimiento que me da Japón. Una taza de fragante
té Gyokuro en medio de la agitación de las calles tokiotas que llevan sobre su
espalda centenares de personas que, de allí para allá, vienen y van mientras
sus caminos son enmarcados con centellantes avisos de neón. Avenidas limpias, un
sonoro caudal de automóviles, contrastes entre modernidad y tradición; kimonos
en contraposición con juveniles y llamativos atuendos. Tokio es un derroche de
interesantes oposiciones entre la vanguardia y las viejas costumbres, cosa que,
naturalmente, hace que para mí su cultura sea más que apasionante. Una
conjugación de estremecedoras sensaciones que ensalzan mi vasta curiosidad.
Tras desechar mi ya no tan
apasionante trabajo como crítica de arte en la ciudad de Nueva York, decidí
rentar un minúsculo apartamento en la excitante pero apabullante Tokio. Mi fama
como una satírica e implacable crítica, llamó
fuertemente la atención de una universidad japonesa, que me invitó a
impartir clases de apreciación artística a sus jóvenes estudiantes. El abrupto
pero necesario cambio llevaría consigo fuertes transformaciones a mis
costumbres, pero no permitiría que una de ellas, la más voluptuosa y lasciva,
sufriera alteración alguna.
El avión 512 con destino a Tokio,
trajo en sus entrañas a mi temeroso y desconcertado sumiso, que después de
recibir una misteriosa carta junto a un boleto de avión en su interior, no dudó
en reunirse con su dueña en tan lejanas tierras. Lleno de terror, como de
eróticas y temerosas expectativas, lo vi caminar con el asombro en sus ojos al
descubrir un nuevo lugar de aventuras. El rubor se apropió de sus mejillas al
verme vestida de negro a su espera. Era una conjugación entre expectativa,
emoción, pánico y ardor erótico, todo ello plasmado en sus ojos. El divisar esa
avalancha de emociones en el rostro de mi sumiso, hizo que mi maldad entrara en
un estado de hervor de infranqueables dimensiones.
Al verlo sonreí, mientras él,
catatónico ante mi presencia, tan sólo pudo mirarme. No hubo acercamiento
alguno, ni siquiera miradas de morbosa complicidad ante los erógenos eventos
que nacerían con su llegada. Nada, absolutamente nada, tan solo un silencio
denso e incomprensible. Algo en la mente del sumiso generó un caos de preguntas
y sensaciones inteligibles. Si bien comprendía mi carácter tempestuoso e
impredecible, no lograba asimilar tal carencia de emoción de mi parte. Tal
silencio fue cercenado al ver plasmarse en mi rostro una ya conocida aviesa sonrisa.
Automáticamente, el sumiso encontró reposo para su ya torturada mente, pero tal
somera tranquilidad encontró un súbito fin al ver que lentamente sacaba de mi
bolsillo una correa de perro con su respectivo collar negro. Jamás podré
desmentir el hecho que mi mente sincroniza su malvado apetito con la humedad de
mi sexo al ver el rostro de pudoroso pero a la vez excitado de mi perturbado
esclavo.
Las miradas curiosas enmarcadas en
un centenar de ojos rasgados, fue la calle de honor que mi sumiso y yo
tendríamos al transitar por la capital japonesa. Yo, impecablemente vestida con
un ajustado pantalón de cuero ceñido a mis formas junto a una chaqueta
entallada del mismo material que daba la apreciación de una cintura pequeña
acompañada de unos senos medianos pero perfectos. El conjunto se complementaba
con unos botines de cuero de tacón alto junto a un suave maquillaje que sólo
constaba de un delicado delineado negro de los ojos acompañado de el color
escarlata mate de mis labios. El atuendo finalizaba con una exquisita y
perfecta cola de caballo que me hacía ser contemplada como una especie de
geisha contemporánea fusionada con una maléfica dominatrix occidental. Por otra
parte, el sumiso llevaba un pantalón cuya tela simulaba la apariencia del
cuero, junto a una sencilla camiseta blanca manga siza. El esclavo siempre me
suplicó el que desistiera la idea de hacerlo llevar esos pantalones, pues hacía
evidente cualquier indicio de una erección. Pobre sumiso, si tan sólo su
pequeña, perturbada y lasciva mente comprendiera que todos los argumentos que
presenta ante mí, se convierten, de forma instantánea, en razones claras para
someterlo ante mis vanos caprichos.
El seco trinar de mi tacón sobre el
asfalto marcaba el paso de nuestro caminar, mientras yo halaba con orgullo la
cadena que arrastraba del cuello a mi subyugado juguete, que a su vez, tiraba
con esfuerzo su pesado equipaje. El avergonzado sumiso trataba de ocultar su
bochorno ante las pícaras y burlonas sonrisas de las hermosas adolescentes
japonesas que no reparaban en susurrar críticas sobre la perversa escena. El
sonrojo del sumiso se hacía más poderoso cuando escuchaba el estallar de las
juveniles sonrisas niponas mientras era señalada su abultada erección. Cuando
sentía que el paso de mi sumiso no iba acorde con los míos, daba un seco pero
certero jalón a la cuerda de su cuello que lo obligaba a retomar la marcha. El
peso de la degradación a la cual era sometido el esclavo era mayor de la que
podía soportar. El miserable se debatía entre las lágrimas y la lubricación que
emanaba de su pene erecto y caliente. Se sentía culpable, envilecido hasta lo
más profundo, pero ese mismo sentir le hacía sentir una viveza pura, profunda,
perfecta y adictiva.
Los ya destrozados nervios del
sumiso lo llevaron a una crisis al ver que un oficial de la policía japonesa me
hacía detener la marcha. Ese fue uno de los pocos instantes en la vida del
esclavo en la cual se sintió el centro del universo: geishas ataviadas en sus
kimonos, adolescentes con vestimentas estrambóticas, ejecutivos de alto nivel,
curiosos ancianos. Todas las miradas se fijaron en aquel miserable ser que era
arrastrado por una cadena metálica de perro. Quizás buscaban satisfacer todas
las preguntas ante la bizarra escena. Por fortuna, mi estatus de catedrática de
arte me permite, aunque no todas las veces, el franquear esta clase de
situaciones. Tan sólo con una inocente sonrisa, un breve discurso sobre una
ficticia “investigación sobre las expresiones performáticas contemporáneas” y
la credencial que me acreditaba como docente universitaria, llenaron de
tranquilidad al oficial permitiendo que siguiera mi camino junto a mi
trastornado sumiso. El peso de las miradas abandonó al esclavo cuando las
personas observaron que el oficial seguía su camino. Los curiosos japoneses
dejaron de lado aquel intrépido y poco común evento para seguir con sus
atareadas vidas. El sumiso sintió dentro de sí una calma que lo llenó de vida,
pero tal sosiego duraría poco al ver que me acercaba hacia él: sus ojos se
clavaron en lo más profundo del asfalto al sentirme tan cercana, sus dulces
ojos acobardados eran una contradicción respecto a la encendida dureza que
buscaba escapar de su pantalón para mirar a los cielos. Mi mano obscena acaparó
su pene en un improvisado apretón, mientras mis labios se apropiaron de los
suyos en un espontáneo beso. La firme calidez de su pene hizo que sus fluidos
sexuales impregnaran mi mano… El éxtasis del momento hizo que mi tiranizado
juguete se entregada a sus placeres olvidando momentáneamente su vergüenza. Una
súbita jalada de la cuerda de mascota lo devolvió a la realidad y al notar la
indecorosa mancha sexual en sus pantalones, que dejaba a la vista la naturaleza
de sus morbosos deseos.
Tras cruzar el umbral de mi morada,
liberé a mi sumiso de sus cuerdas, le ordené acomodar su equipaje al lado del
colchón que reposaba al lado de mi cama.
- Déjame mirarte. Le dije mientras
tomé sus agobiadas mejillas.
Infortunado esclavo, sus poros
exudaban cansancio, vergüenza y congoja. No se atrevía a mirarme, pues
consideraba que el darle pié a su curiosidad lo llevaría a sufrir tan grandes
humillaciones que en su estado no soportaría. Compadeciéndome por las fatigas
propias de un largo viaje, le ordené desnudarse ante mi. El miserable miraba a
todos lados, tratando de sentir un ápice de tranquilidad al saber que, aunque
ya no con el vigor de un comienzo, su erguido pene dejaba dar una idea del
ardor de sus deseos. Mi ceja levantada denotando espera, lo hizo salir de sus
cavilaciones para proceder a desprenderse de sus prendas.
Sí… Sonreí, cosa que no había hecho
desde que pisé tierras japonesas. Esa sonrisa maquiavélica que era una especie
de gloriosa catarsis al sentir libres mis pecaminosos deseos. Lo contemplé, con
su piel bronceada, típica de las tierras sureñas norteamericanas. Su pene
enarbolado, con la cabeza brillante y acuosa, llena de fluidos sexuales a la espera
de ser complacidos. Caminé a su alrededor, masajeé su pecho y sentía en la
palma de mi mano el bombeo incesante de su corazón deseoso y anhelante. Adoro
sentir el terror del sumiso mezclado con la excitación, no pude evitar el
quedarme a su espalda para rodear su abdomen con mis brazos. Sí… el diafragma
del esclavo se contraía al sentir que mis manos se posaban en su pene para
sentirlo, palparlo, apreciarlo, poseerlo. Su pene inundaba mis delicadas y
delgadas manos con sus transparentes fluidos llenos de carnalidad. Un ligero
apretón de sus testículos lo hizo perder el aliento seguido de un extenso pero
sutil mordisco en su cuello, que sería la primera marca de propiedad que la
dócil mascota tendría desde su llegada a Japón.
- Apestas. Le dije mientras un
apretón más fuerte en sus testículos lo hizo volver a la realidad.
Una enérgica nalgada junto a mi
mano arrastrando al sumiso de sus cabellos, sería el preámbulo de las
depravaciones que acontecerían…
Entregar al sumiso a un fragante
baño con agua tibia, es una tarea de laboriosas magnitudes, es uno de esos
momentos en los cual el esclavo siente que su ser maltrecho y doblegado recobra
un ápice de humanidad. Entregado al agotamiento, permití que reposara de todos
los altibajos de su largo viaje.
Con un libro de Dante en mis manos,
pude observar como los párpados de mi sumiso cedían ante la fatiga llevándolo a
un denso sueño. Minutos fusionados que se convirtieron en horas en las cuales
pasé muchas hojas a la izquierda. Absorta en la lectura, pude notar la placidez
del reposo del esclavo. Lo sentía tan insoportablemente frágil, sumido en un
confort que encendió mi cólera. El desdichado volvió del mundo de los sueños
gracias a un arranque de tos producido por el jalón del collar de perro que
puse en su cuello mientras pernoctaba en aquel infame colchón de mascota que
estaba junto a mi cama.
Mísero, miserable, méndigo. Aquel
desdichado ser trataba infructuosamente el recuperar el aliento mientras era
arrastrado por la cadena que jalaba de su cuello. Lo obligué a ponerse un ajustado
bóxer de látex, le ordené que se pusiera de cuatro patas sobre la mesa que
estaba en el centro de la sala. Luego de soltar la cadena metálica que estaba
ligada al collar del esclavo, até una pequeña cuerda al collar, a su vez, la
anudé una pequeña argolla que estaba atornillada al techo. El sumiso estaba
como un perro sometido, con aquella cuerda haciendo ligera tensión en su
cuello, a modo de advertencia para que no se atreviera a hacer movimiento
alguno. Aquel desesperado ser apenas se había fijado en mi provocativa
vestimenta. Un catsuit enterizo de brillante látex forraba mis deliciosas
formas; de nuevo, mi cabello perfectamente organizado en una cola de caballo,
mis labios finamente delineados de rojo granate dándome la apariencia de una
perversa geisha proveniente de otra era. El esclavo sudaba al verme caminar
alrededor de la mesa, el inocente se llenaba de pudor y vergüenza al sentir
como su pene lo traicionaba haciendo manifiesta la inminente erección que se
apoderaba de su sexo. El sumiso me perdió de vista y el terror se adueñaba de
su ser, hasta que me vio llegar con un afilado cuchillo en mis manos. Poco a
poco me acercaba a su despreciable presencia… Aquel desventurado sintió que el
aliento de vida se escapaba de su cuerpo al predecir los malignos eventos de
los cual sería víctima. Ese dejo de súplica trazado en sus ojos hizo que un
estallido erótico viajara desde mi clítoris hasta mis pezones.
Tal derroche de lascivas
sensaciones fue más que insoportable. Una violenta, certera e implacable
bofetada hizo que las lágrimas brotaran de los afables ojos de mi esclavo. Con
sus nalgas ante mi, un preciso corte hizo estallar el látex dejando sus trasero
desnudo y listo para mis aberraciones. Jamás podré describir el nivel de
excitación que sentí al ver como la sexual lubricación de su pene goteaba empapando
la mesa. Allí lo tenía, totalmente entregado y sometido, indefenso, temeroso…
La fantasía perfecta para una sádica malévola como yo.
El semblante lacrimoso y afable del
sumiso cambió por un gesto horrorizado al sentir que sus tetillas eran
oprimidas por unas pinzas, que a su vez eran unidas por una cadena. Aquellos
instrumentos de aplastamiento estaban unidos por dos cadenas, también juntas a
una cadena cuyo fin era una argolla puesta en la base de los testículos del
sumiso. Al ver aquella herramienta de tortura, sentí que no era suficiente para
satisfacer mis funestos deseos, por ello, opté por quitar pequeños eslabones de la cadena que
ataba sus testículos, para que la presión obligara al sumiso a encorvarse,
acción que generaba un ligero estrujamiento adicional a la cuerda que halaba su
cuello desde el techo.
A lo lejos, admiraba la perfección
de mi obra: un desvalido ser, desnudo sobre la mesa, atado y obligado a hacer
pequeños movimientos para que sus músculos no perecieran ante el dolor. Al
estirar su cuello, la presión de las pinzas y las argollas en los testículos,
lo hacían sollozar de dolor. El sumiso se debatía entre dar descanso a los
músculos de su cuello y espalda, a sabiendas que cualquier movimiento llenaría
de suplicios otras partes de su cuerpo. Aquella vergonzosa posición hacía que
las exquisitas secreciones de su sexo inundaran la mesa, eso, junto a las
penosas contracciones de su cuerpo adolorido, incentivaron la impudicia de mis
maquiavélicos apetitos.
El sumiso, absorto en su dolor,
olvidó mi presencia por unos instantes. Una violenta e inesperada nalgada hizo
que su cuerpo casi perdiera el equilibrio, y a su vez hacerlo presa de un
sufrimiento de incalculables dimensiones. Presa de las sexuales dolencias, el
esclavo agachó su sudorosa cabeza: las lágrimas se confundían con las gotas de
sudor que emanaban de su mente. Aquel hombre subyugado sabía que al manifestar
una sencilla palabra, sus dolores serían suspendidos; pero también tenía muy
presente que aquella muestra piadosa de mi parte, se convertiría en un nuevo
pretexto para juegos macabros, de peor calibre que los anteriores.
Sus nalgas rojas se recuperaban de
la estruendosa nalgada, sus músculos se acostumbraban ya presas del natural
entumecimiento por la incómoda posición. No era suficiente, el sumiso bien lo
sabía: jamás habrá límites para mis incontrolables y siniestros deseos.
Desaparecí por unos instantes, pues era hora de preparar el segundo acto de
esta obra de libidinosas peripecias y obscenos actores.
Mientras el sumiso descansaba con
la cabeza gacha, aparecí en escena con un rojo dildo en mis manos. No puedo
negar que adoro agregarle mayor vicio a la escena torturando la frágil mente de
mi martirizado juguete. Podía ver en los ojos de aquel endeble ser el sinnúmero
de conjeturas que se hacía: ¿Lo obligaré a mamarlo? Quizás. ¿Lo penetraré con
tal pasión y deseo, hasta que la vergüenza no le permita ver a los ojos a otro
ser humano? Por supuesto… ¿Qué vendría primero? No lo sé, él mucho menos, pero
ese era el detalle que más me excitaba: ese inevitable ingrediente de sorpresa.
El pobre esclavo sentía cada uno de
mis pasos a su alrededor como un torturante conteo regresivo que le anunciaba
grandes y deshonrosos castigos. Sus aliento se desvaneció al sentir mis manos
toquetear su sudoroso trasero, palpándolo con impudicia. Desdichado ser, sus
ojos blanquearon al sentir mi dedo húmedo y forrado en látex penetrar su
delicado ano. Giraba el dedo sintiendo aquella erótica succión mientras la
espalda de mi sumiso se arqueaba llenándolo de grandes dolores. Mi dedo hacía
su entrada lenta y rápida su salida haciendo sentir al juguete violentado en su
honor. Me excitaba notar como las gotas de sudor resbalaban por su piel dibujando
cada una de sus vértebras. Decidí detenerme con mi dedo dentro, tomé sus
testículos con mi otra mano infringiéndoles rápidos apretones; la presión del
anillo en sus testículos sumado a los pequeños estrangulamientos de mis manos,
hicieron que su miembro ardiente se enarbolara elevando su excitación. Sentir
las sexuales compresiones de su ano en mi dedo junto al pequeño charco de
líquido sexual que cada vez aumentaba en la mesa, hizo acrecentar mi maldad.
Saqué mi dedo y me dirigí a la cabecera de la mesa, tomé el rostro de mi sumiso
desde el mentón: sus mejillas sonrojadas contrastaban con el sudor de su frente
y con el rastro de lo que fueran lágrimas. El mísero se debatía entre el placer
y las infamias de las cuales era objeto. Enternecida por su expresión, lo besé
para luego darle súbitos y burlescos golpecitos en sus labios con el rojo dildo
que tomé en mis manos. Aquellos contrastes entre ternura y maldad son los que
más aterran pero excitan al infortunado esclavo. El ver en sus ojos que se
atrevía a descubrir cual sería el siguiente movimiento, fue una clara afrenta
que haría multiplicar la escala de las torturas.
Con el dildo apretado en mi mano,
me agaché para tener el rostro de mi esclavo frente a mi. Con los ojos serenos
lo observaba mientras estrujaba con más fuerza aquel pene rojo. Mi respuesta
ante la osadía del sumiso fue llevar la cabeza del aquel falso miembro a mis
labios: lo restregaba sobre ellos, esparciendo el delicado labial granate,
pasaba lentamente mi lengua sobre su cabeza haciéndole imaginar que mi lengua
se deslizaba suavemente por su húmedo glande. El esclavo suspiraba, trataba de
contenerse para que su encorvada espalda no lo hiciera presa de mayores
dolores. Me detuve y fijé mi mirada en él, aquella serenidad se transformó en
una malignidad que pocas veces el sumiso había notado en mi.
- Las putas jamás se sentirán
satisfechas con un solo orificio lleno ¿Verdad, zorra? Le dije mientras apreté los cachetes del
esclavo con mi mano e introduje el dildo en la boca del miserable
Las arcadas propias al tener ese
pene plástico en su boca, lo hicieron salivar, y al mover su cuello, generó
para sí grandes tormentos hacer tensionar la cadena que lo halaba desde el
techo. Era una escena gloriosa: un ser desdichado, sudoroso, con sus tetillas
tornarse violeta por la constante tensión sumado a la dureza de su excitado y
húmedo pene. Sus músculos se contraían de forma involuntaria por las molestias de
la posición. El falo rojo en la boca era una especie de perniciosa cereza que
aderezaba aquel pastel de viles y sensuales ingredientes.
- ¿Demasiado tormento, puta?. Le
dije mientras retiraba el empapado dildo de su boca.
- Nunca es suficiente, Domina.
Replicó entre suspiros mientras bajaba la cabeza en seña de profundo respeto.
-Bien dices, bastarda lubricada.
Jamás habrá un tope para satisfacer los deseos del libertino.
Acaricié sus cabellos inundados en
sudor. Un impetuoso tirón de su cabellera le recordó el final de aquel apacible
momento.
- Mírame. Contémplame. Sí, puta
mía. Juguete mío… Templé con mayor furia
sus cabellos para deleitarme con la blancura de sus temerosos ojos.
- Sí. Han sido muchas, demasiadas
diría yo… A las cuales les ofreciste tu culito falaz y vagabundo. Muchas de
ellas, de seguro, babeantes por marcarte. ¿No, perrita?
- Dómina, permiso par… El esclavo
detuvo el inicio de su perorata al ser víctima de una feroz bofetada.
- ¡Shh! Zorra majadera. Las putas
solo tienen derecho a hablar cuando se les indica. Vamos, tendré que enseñarte
a guardar silencio ante mi. ¿Eh?
El pobre dominado ser temblaba. Le
señalé mi dedo índice, sí, aquél que jugueteó con su ano. El desgraciado
contuvo el aliento al notar que mi dedo se acercaba peligrosamente a su boca.
Su mirada se llenó de una exorbitante mezcla de repugnancia y deshonra. A pocos
milímetros de sus labios y con el mentón del sumiso haciendo un maratónico esfuerzo
para no llegar a saborear la impúdica delicia de su ano, decidí no trastornar
más su ya perturbada mente, pues eso podría acabar con el instrumento para
satisfacer mis más libertinos deseos. Esa peligrosa cercanía cesó llenando de
calma al sumiso, y a su vez haciendo estrepitoso el golpe que sufriría su
rostro al sentir que con rapidez y pericia, corté la cuerda que halaba su
collar al techo. El cansancio, la fuerte tensión producida en sus testículos al
ser liberado de la cuerda y la vileza de los vejámenes, se enseñorearon del
esclavo haciendo que su maltrecho rostro sintiera descanso sobre la mesa. Con
su culo ante mi, y la hermosa vista de unos testículos empapados tornarse
violeta, con esa irresistible brillantez sudorosa, no pude evitar el anudar
otro trozo de cuerda a la que fue cortada para tener las riendas de la miserable
humanidad de mi juguete. Fui hasta el otro extremo de la mesa para tener un
instante de contemplación y darle un delicado beso al sumiso. Tomé con decisión
el dildo para luego deleitar mi vista con el estrecho e inocente ano de mi
esclavo. Con la cuerda en la mano izquierda y el dildo en la derecha, un fuerte
tirón de la improvisada rienda hizo que el sumiso despertara para la conclusión
de aquella sucesión desenfrenada de eventos libertinos. Desde atrás podía
observar como se contraían los músculos de la espalda del sumiso haciendo que
sus testículos tomaran un deleitoso tono malva que llenaría de sensuales y húmedos
espasmos toda mi entrepierna. Un tirón seco pero enérgico haría que la cabeza
del mísero se levantara y se incorporara sosteniendo su infame humanidad sobre
sus manos quedando de nuevo en cuatro patas. Mientras mi pérfida mano tensaba
más la cuerda llenando de dolores al esclavo, mi otra mano masajeaba el
delicado e inocente ano del ruin que sería mancillado con toda la perversión
que ameritaba el caso.
Un ligero escupitajo sobre aquel
casto y sexual orificio sería el preámbulo de la sexual y majestuosa degradación
que grabaría en el corazón de mi sumiso el símbolo de mi pertenencia. La suave
presión que el glande de aquel pene de plástico, hacía que la respiración del
esclavo fuera in crescendo y a su vez, torturándolo pues no sabía en qué
momento llegaría la vilipendiosa penetración. Poco a poco fui templando más la
cuerda obligando al sumiso, a pesar de sus dolores, a levantar su pecho coloreando
sus torturadas tetillas de un seductor tono azulado. Las sexuales y mojadas
contracciones de mi vagina ansiaban ser satisfechas con el envilecimiento del
esclavo: la ligera presión del glande sobre su lubricado ano fue obligándolo a
expandirse para satisfacer mi maldad. El sumiso se retorcía y un sexual lamento
salía de su maltratada boca cuando aquel falso miembro embestía con furia su
inocente orificio.
- Vamos puta. Menea ese culo.
Mi mano estiraba con más furia la
cuerda para presenciar el sufrimiento del sumiso mientras mis ojos se
deleitaban al ver como la succión del ano deseaba mayores embestidas,
profundas, perversas, malignas, lascivas… Un tierno masaje del glande en el ano
sería el inicio para la sexual invasión que llenaría de sudor y alaridos a mi
sumiso. Si… una y otra vez lo penetraba con golpes secos mientras halaba la
cuerda haciendo sufrir su miserable cuello. La tensión de las cuerdas sobre sus
testículos y el constante halar del cuello convirtieron a ese desdichado ser en
un dechado de dolores. Allí me encontraba: absorta en mi placer mientras
apuñaleaba sexualmente el ano de mi esclavo, convirtiéndome en una adicta de la
lasciva succión de ese músculo que pedía más y más. La humedad corría por mis
piernas al sentir como los torrentes de sudor que bañaban la espalda del
esclavo lubricaban sus nalgas hasta su ano. Esas gotas de brillante sudor empapaban
el dildo que con más fuerza y crueldad lo penetraban. El sumiso gemía,
sollozaba, estiraba su espalda en cada penetración así sintiera como si sus
tetillas fueran a ser erradicadas de su pecho por la presión de las pinzas. No,
nada de eso importaba: todo era un frenesí sexual aderezado con un adictivo
dolor. Nuestra respiración se conjugaba en cada erótica puñalada; por un lado,
el sumiso no cesaba de menear su trasero mientras la ferocidad de las puñaladas
no dejaban de satisfacer su impúdico ano. Pude sentir como una deliciosa mezcla
de sudor y líquido sexual empapaba la mesa hasta el punto de derramarse. Los
testículos del esclavo estaban a punto de colapsar por la bestialidad de la
penetración, pero el sumiso más lo disfrutaba, más lo anhelaba. Ese era el
momento que guardaba en su corazón: una fantasía que por años ocultó y de la cual
siempre se sentía culpable. Pero en ese momento nada importaba, estaba allí con
su ama apoderándose de la parte más preciada de su sexualidad. Un ultimo tirón
de la cuerda le robaría el aliento… Saqué con rapidez el dildo de su ano. El
esclavo suspiraba al sentir las calurosas contracciones de su orificio que a su
vez pedían más doloroso desenfreno. Ahora eran mis dedos los que marcaban pertenencia
en su ano. Despacio atravesaba el estrecho y caliente orificio mientras tensaba
con más fiereza la cuerda hasta llegar al punto de ponerlo de rodillas. El
esclavo gemía como una vil meretriz a la cual le son aprovechados todas sus
delicias… fue en ese momento que mis dedos estimularon su próstata llevándolo a
un éxtasis que llenaría de gritos el pequeño apartamento. Esa conjugación de
dolor y placer conllevó a un estallido de fluidos que acabaron con las fuerzas
del sumiso llevándolo a caer sobre la mesa, a empaparse en el calor de sus
carnales líquidos.
Ambos caímos. Ambos cedimos ante el
cansancio por el alimentar los demonios que controlan nuestros deseos. El
esclavo permanecía inmóvil en la laguna de su semen, lágrimas y sudor. Apenas
notaba que respiraba. Era uno de esos momentos en los cuales la bruma sudorosa
invadía el lugar y el silencio era sublime. Allí lo dejé, no sin antes liberar
sus tetillas y testículos de los instrumentos de tortura. El roce de mi traje
de látex sobre su piel llenaba su cuerpo de eléctricos espasmos. Su cuerpo se
tensionaba, esa era la única respuesta a parte de una pausada respiración. Lo
miré con ternura para luego consentir sus cabellos. Era momento de menguar,
pues los deseos estaban más que satisfechos por los arrebatos eróticos que nos
habían poseído. Eran momentos de silencio y contemplación en los cuales las
palabras sobraban. Sí, era tiempo de menguar…